Artículo
Las mil y seis fojas con que me convertí en lingüista forense
Angélica Martínez Coronel | Universidad Autónoma de San Luis Potosí, México
Introducción
En la vida profesional, hay momentos que resultan clave, aunque al principio no lo parezca. Durante mucho tiempo, creí que mi ejercicio como lingüista se limitaría al salón de clases, hasta que una llamada inesperada me abrió la puerta a un campo fascinante y a la vez poco conocido: la lingüística forense. Un día mientras esperaba el camión después de haber terminado mis clases, una de mis profesoras de la licenciatura me contactó para decirme que un grupo de abogados buscaba a alguien que analizara evidencia lingüística de un caso judicial. Sin pensarlo mucho, acepté sin saber que me esperaba un expediente de más de mil páginas y con este reto me convertiría en la primera lingüista forense en Aguascalientes.
Esa experiencia inicial me enseñó que la lingüística no solo describe cómo usamos la lengua, sino que también nos puede ayudar a esclarecer hechos, proteger derechos y aportar claridad en procesos donde la palabra resulta evidencia pura. Desde entonces, he ido aprendiendo que la práctica en el campo de la lingüística forense es rigurosa y requiere preparación constante y capacidad de traducir fenómenos lingüísticos en evidencia comprensible para abogados, jueces y magistrados.
En el presente texto, pretendo retomar el expediente que marcó mis inicios en la lingüística forense a fin de mostrar justamente cómo se construye un análisis lingüístico forense, qué tipo de preguntas puede responder y por qué esta disciplina se ha vuelto indispensable en la impartición de justicia.
Crímenes verbales
Al pensar en el crimen, solemos imaginar golpes, armas, agresiones físicas, no palabras. Rara vez consideramos los crímenes de la lengua: la amenaza, la difamación, el libelo. Incluso, olvidamos que la inmediatez y la aparente impunidad, que permiten las redes sociales, han multiplicado estas formas de agresión.
El lenguaje también es acción, por eso sus usos no son azarosos sino voluntarios y selectivos. Cada enunciación, cada turno de habla, son actos verbales estratégicamente planeados para cumplir propósitos sociales y comunicativos específicos. La manera en que hablamos o escribimos en diferentes medios y contextos dice mucho, a veces todo, sobre nuestra identidad y sobre la manera en que nos relacionamos con otras personas en nuestra cultura.
Pensemos, por ejemplo, en el caso de México, el país de los diminutivos afectivos que pueden encubrir y dulcificar amenazas como: “Cuidadito y le comentas algo de esto al director, ¿eh? Porfis, ahí te encargo”. Al escuchar algo así, con sus apócopes, como el porfis, en un tono amable y familiar, nos cuesta creer que se trata de una agresión. ¡Ah! Pero días después ya tenemos algún problema con esa persona que nos pidió cuidadito. Muchas veces así empiezan el abuso de poder, el hostigamiento, el chantaje o el acoso laboral que escalan a otras agresiones. Y sí, todo esto puede llegar a un juzgado penal donde se pide opinión experta a lingüistas.
Adiós a la filología
Constantemente, regreso a esas veces en que yo, por temor a un regaño o por vergüenza, en lugar de decir “tiré el vaso”, decía “se me cayó el vaso”. Mi papá, otra vez, que no dejaba ir ni una sola, me decía: “No se te cayó. Lo tiraste”. Con mi papá, casi cualquier uso de “se” podía ser usado en mi contra; él comprende muy bien la sutil gradación de agencialidad o el cómo gramaticalmente trataba yo de atenuar mi responsabilidad, mi culpa en el crimen de daños al patrimonio doméstico. Todas las personas hacemos esto, en diversos contextos y con recursos lingüísticos distintos, así como lo vemos en titulares que eliminan agentes − “Congreso dona terreno al Patronato de la Feria” −. Claro que hay que profundizar en el análisis de cada caso para ver por qué cuando se desaparecen agentes, no siempre se trata de ocultar culpables.
Lo primero que supe de esta disciplina se lo debo a dicho curso que, ese semestre, fue coordinado por la Dra. Teresita Careaga. Aprendimos un poco de PRAAT (Boersma & van Heuven, 2001) para análisis fonético y fonológico forense y nuestro libro base del curso era el editado por Ma. Teresa Turell (2005), Lingüística forense, lengua y derecho: conceptos, métodos y aplicaciones, que tiene la clásica e internacionalmente conocida definición de la disciplina como aquella que se encarga de estudiar la interfaz entre lengua y derecho. En ese mismo periodo, asistí como oyente a la 11 Bienal de la Asociación Internacional de Lingüística Forense. Ahí entendí dos cosas: la disciplina era mucho más amplia de lo que yo creía y, con pocas posibilidades económicas para irme al extranjero, tendría que ingeniármelas para seguir formándome desde donde estuviera.
Regresé a Aguascalientes sin considerar siquiera un camino en la filología, ahora tenía la certeza de que me convertiría en lingüista forense. Y sí, me preguntaban si eso tenía que ver con la grafología, pero no. La grafología no es científica, yo quería presentar evidencias, no divagaciones sobre las personas fundadas en su caligrafía.
Ser perito lingüista
Elena Garayzábal, Sheila Queralt y Mercedes Reigosa (2019) definen la lingüística forense como rama de la lingüística aplicada porque el conocimiento lingüístico se pone al servicio de la solución de casos prácticos. En esta aplicación de la lingüística, como dijera John Olsson (2004), destacado lingüista forense, usamos la teoría y métodos de la lingüística para auxiliar investigaciones policiacas o para apoyar en sus decisiones a las personas administradoras de justicia. Nosotros no juzgamos, aportamos datos, evidencia especializada para la resolución de un caso. Tampoco dictamos sentencias, atestiguamos algún hecho desde nuestra perspectiva disciplinar. Eso me tocó hacer, como perito lingüista, en el caso de las mil y seis fojas.
Me encomendaron analizar el expediente y describirlo lingüísticamente para determinar si era posible leerlo y examinarlo en las dos horas y media que presuntamente tardaron en el juzgado para decidir girar un auto de formal prisión. Se trataba de aportar evidencia para demostrar que la administración de la justicia sí debía ser expedita, pero no instantánea.
Con base en el análisis de los textos del expediente y considerando las capacidades de lectura promedio, en contraste con las del personal del juzgado, tuve que calcular el tiempo que debieron haber tardado en tomar la decisión, en condiciones normales. Durante el proceso noté fallas de nuestro sistema jurídico, entendí la cultura de la abogacía y los significados de los lugares y tiempos dentro del juzgado y durante un juicio. Aprendí a trabajar casi sin descanso porque los tiempos de los juzgados no son los de Dios ni los del pueblo, sino aquellos a los que el cliente, la persona usuaria, pueda acceder. Durante una semana, me sometí a jornadas de más de 10 horas de trabajo diarias.
Tuve que escuchar al cliente, prepararlo, explicarle mi trabajo, respondí preguntas de muchos abogados, del magistrado. Se me cuestionó la edad, la profesión, el no ser abogada. Me quedó claro que el hecho de que hubiera una lingüista en un juzgado, en Aguascalientes, era inaudito y nadie parecía saber qué hacer conmigo. A cada cosa que yo contaba, el magistrado respondía “Sí, tiene razón, no encontrábamos a nadie, todos los lingüistas forenses que hallábamos están en España o están en la UNAM, pero estudian audios y a otros no los podíamos traer”. O decía: “Sí, ya me queda claro que usted sabe y le apasiona, pero ¿puede ser más breve?”. Yo, por los nervios y la emoción no podía dejar de hablar de eso que sé. Cuando terminé ese proceso me sentí exhausta. Cumplí con los tiempos y los requerimientos, comprendí que, para trabajar en estos procesos, una debe desprenderse de ideas de que hay “buenos” o “malos” porque para eso hay juez.
En muchos casos, quienes solicitan la prueba, ansían que un experto les dé la razón; pero no se nos asigna un trabajo para decirles lo que quieren oír, sino para mostrarles lo que reveló nuestra ciencia, nuestra pericia. Eso no siempre coincide con la postura y opinión del cliente, pero definitivamente contribuirá al desarrollo de un proceso más informado y justo.
Terminado ese proceso, los mismos abogados me recomendaron para otros más y de mayor complejidad. Logré lo impensable: ingresar al sistema. Hasta entonces estuve segura de que estaba viviendo mi sueño. Por eso decidí asumir la obligación de prepararme más. Cada caso me iba revelando las habilidades que necesitaba fortalecer, sentía que aún me faltaban herramientas que no había previsto. Aunque tampoco las habría podido prever sin ingresar al campo. Es cierta la paradoja: a medida que una avanza, se da cuenta de cuánto y cómo se ha ido quedando atrás en el camino. Entre más estudio, más consciente soy de lo mucho que ignoro. Además, a eso cabe añadir que las personas especializan, aceleradamente, sus maneras de cometer crímenes y de usar el lenguaje en el ínter o en el proceso del acto delictivo.
Ahora, por ejemplo, estudio la IA generativa, poco a poco, detecto patrones y distingo cuando se usó anodinamente o cuando se usó para generar texto potencialmente peligroso. Ya espero las nuevas consultas.
Referencias
Boersma, P., & van Heuven, V. (2001). Speak and unSpeak with PRAAT. Glot International, 5(9), 341-347.
Company Company, C., & Cuétara Pride, J. (2024). Manual de Gramática Histórica. Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México.
Garayzábal Heize, E., Queralt Estévez, S., & Reigosa Riveiros, M. (2019). Fundamentos de Lingüística Forense. Síntesis.
Olsson, J. (2004). Forensic Linguistics. Continuum.
Turell, Ma. T. (Ed.). (2005). Lingüística forense, lengua y derecho. Conceptos, métodos y aplicaciones. Universitat Pompeu Fabra.
COMO CITAR: Martínez Coronel, A. (2026). Las mil y seis fojas con que me convertí en lingüista forense. Entre Lingüistas, 1, 1–5. https://entrelinguistas.com/num1_art6/
Angélica Martínez Coronel, Doctora en Ciencias del Lenguaje por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Perito lingüista en el Estado de Aguascalientes desde 2014. Actualmente se encuentra realizando una estancia de investigación postdoctoral en la Facultad de Derecho, “Abogado Ponciano Arriaga Leija”, de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.
